Discotecas silenciosas


Sin música. Cruzar la sala principal de la discoteca Palladium en Torremolinos es complicado. Cientos de personas bailan convulsivamente. Es la marabunta de un sábado a las 3 de la madrugada. Un gesto de la guía en este laberinto de cuerpos estremecidos por una música atronadora señala a una puerta lateral. Traspasarla es una invitación a la tranquilidad, una sensación inesperada cuando el cuerpo lleva siendo cimbreado por las ondas acústicas casi 10 minutos. La música se ha convertido en un hilo y no en algo con lo que pelear. Pero la gente baila, bebe y… Bienvenidos a la fiesta silenciosa.

Equipados con unos cascos inalámbricos, los 150 asistentes a la fiesta estrenan, en un local con todas las licencias aprobadas para hacer ruidos, una singular idea diseñada para no molestar. El fruto del trabajo de tres socios que empiezan a comercializar algo que surgió en una noche de juerga. Rafael, Manolo y Antonio apuraban los últimos sorbos de la fiesta de cumpleaños de los dos últimos. El 20 de abril se hizo 21 en una celebración que tuvo que acabar justo cuando la normativa municipal de Vélez Málaga dicta el final de la música en los bares. Cortados por la falta de ambiente a partir de las 4 de la madrugada, los tres amigos pensaron en algo muy simple: ¿Cómo seguir de fiesta sin molestar a nadie?

Meses después, son los tres socios que forman La Fiesta Silenciosa S.L. Un vigilante de seguridad, un regente de una agencia de viajes y un director de marketing de una afamada clínica privada malagueña.

Una vez patentado el invento, su primer lugar de acción fueron las terrazas de Mallorca. «En verano, en la zona de El Arenal, las terrazas se vacían a partir de la medianoche, hora en la que no se puede poner más música. Con nuestros cascos conseguimos que la gente estuviera en los bares hasta las 3. Nos compraron el uso de la idea y ahí vimos que era algo bueno», señala Antonio.

Y tan bueno. Los centros de las grandes urbes están poblados de salas de fiesta rodeadas de pisos donde la vida durante cuatro noches a la semana es un infierno. Para colmo, la moda de los afters y las matinales está tomando los distritos de la periferia y en sótanos o bajos de cualquier edificio se camufla una fiesta sin límites horarios.

La ley del ocio tiene acorralado al respeto en una cárcel de dinero fácil que silencia normativas municipales de ruido y provoca secuelas irreversibles en los sufridores que viven en las proximidades o en los mismos artífices de la fiesta.

En Palladium, experiencia piloto, 150 cascos fueron los protagonistas. Ajustables a cada persona, todo el mundo toqueteaba cuanto podía y, los más listos, supieron quitarse la manía de llevarse las manos a las orejas y tuvieron la picardía de poner el volumen bajito. Escuchaban todas las conversaciones que les interesaban. Sus caras lo decían. Otros decidían cerrar los ojos y dejarse llevar por el ritmo que fluía de una mesa de mezclas, donde un dj pinchaba como cualquier noche.

«Está bien, la cosa es aprender a regularlo. Me gusta. Si quieres bailar te metes más en la música que en una disco convencional. Y puedes hablar con cualquiera sin gritar. ¡Todos sabemos que bailar no es lo único!», explicaba una asistente. Cuando ella, o cualquiera, entra en una discoteca normal su cuerpo se expone a unos posibles daños más siniestros de lo que parecen. La media de ruido en una sala de fiesta es de unos 250 decibelios -una conversación normal ronda los 50- que salen de altavoces instalados, por lo general, en zonas bajas. Con 500 decibelios, el oído humano quedaría dañado seriamente y de por vida. En cualquier caso, con un ruido de 250 decibelios continuado, el órgano que recibe el sonido (cóclea) puede quedar dañado y no percibir los agudos. Entonces, un pitido infinito acompaña a la persona. Para siempre.

Las lesiones fruto de discotecas y música excesivamente alta en los cascos son cada vez más frecuentes. De hecho, experimentos realizados con soldados de EEUU confirman que los usuarios de walkmans tienen peor oído que el resto. ¿La solución? Adecuar el volumen. Algo posible con estos cascos, que podrían evitar esa popular sordera de discoteca que barre ya hoy cantidad de oídos.

En Palladium nada de eso. Con la gente ya habituada a los cascos, la concurrencia se distribuía en tres grupos: de baile, de ligue y baile, y sólo de ligue. Alguien miraba por la ventana que tapaba una cortina granate. Al otro lado, la calle esperaba la mañana del domingo.

Insomnio, depresión y un runrún constante en la cabeza aun estando todo en silencio son sólo algunas de las consecuencias que más se repiten entre los que sufren las discotecas. Las denuncias por ruido son de las más complicadas a la hora de prosperar porque si el Consistorio de turno no soluciona los problemas en menos de tres meses se considera que dicha denuncia se desestima y sólo queda la vía judicial. Además, la media del tiempo que transcurre desde que un ciudadano demanda hasta que la Policía hace las mediciones pertinentes es de un mes. Después, la marabunta legal siempre parece estar de parte del local infractor.

Ahora, la idea de los tres malagueños, reconocida con el premio a la mejor desde el punto de vista empresarial en Vélez Málaga, tiene el desafío de demostrar su viabilidad en el resto del país. Ya pasó por Alcoy (día 25). Antes de que suenen los villancicos se experimentará en Madrid y Barcelona. La fiesta continuará. Silenciosa. / ADRIANO ESPINAL

Visto en: http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2006/580/1165705211.html

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